La psicología del dinero

Para tener éxito en las finanzas personales hay que entender una cosa clave: no hay que clavarse estudiando cómo funciona el mundo financiero, sino cómo es que la gente se relaciona con el dinero.

Es una distinción sutil, pero importantísima. La manera en que nos comportamos con el dinero varía de persona a persona, es difícil de medir, cambia con el tiempo y suele ser omitida al momento en que nos describimos a nosotros mismos. Sin embargo, se puede mejorar al tomar en consideración los sesgos, razones y errores que cometemos al respecto. 

Morgan Housel, autor del libro The Psychology of Money (que recomiendo ampliamente), ha logrado hacer un compendio de los 20 comportamientos que tenemos al lidiar con el dinero de manera individual. En este artículo, resumo los 5 que me parecen más comunes de encontrar y más fáciles de contrarrestar una vez que los hayamos identificado.

  1. El sesgo de anclar todo a tu propia historia: Tus experiencias personales quizá constituyen el 0.00000001% de lo que ha pasado en el mundo, pero representan el 80% de cómo crees que funciona el mundo. Por eso, en momentos de incertidumbre al invertir es normal que cada quien navegue la vida con perspectivas totalmente distintas sobre cómo funciona la economía y qué es lo que tiene o no valor. ¿Cómo sacudirse esta irregularidad de pensamiento? El mejor intento es pensar en esta frase que concluyó un equipo de economistas que durante décadas analizó los hábitos de inversión de miles de personas : “Las creencias actuales sobre inversión dependen de las realidades experimentadas en el pasado.”
  2. Menospreciar el poder que tiene el compounding: Ya he platicado antes sobre el compounding como una maravilla del mundo, y si insisto con el tema es porque en realidad así lo creo. Sin embargo, sigue siendo común que su enorme poder se perciba poco gracias a la tendencia humana de pensar intuitivamente en términos lineales. Las ganancias del compounding no responden bien a la lógica, porque al ser exponenciales, son gigantescas. Ver cómo se multiplica exponencialmente un retorno anual moderado resulta a veces incomprensible, pero es lo que está detrás de una estrategia sana de inversión: una buena inversión no es necesariamente la que permite los retornos más altos, ya que éstos ocurren poco. La clave es lograr retornos lo suficientemente buenos que puedas mantener durante un largo periodo de tiempo. 
  3. La tendencia a ser influenciados por personas que están jugando un juego financiero distinto al tuyo: Resulta tentador seguir la misma tendencia de inversión que algunos inversionistas de alto calibre, pero sin entender que ellos están participando en un juego muy distinto al tuyo –como en el caso de las estrategias cortoplacistas que contrastan con una inversión a largo plazo, o incluso con fenómenos como los meme stocks tipo Game Stop– puedes resultar muy desfavorecido. Cuando se trata de dinero, pocas cosas importan tanto como comprender tu propio horizonte de tiempo y dejar de ser persuadido por las acciones de gente que se comporta distinto porque sus horizontes también lo son. Hay que fijarse un objetivo y comprometerse a seguirlo.
  4. La falacia de creer que los historiadores son profetas: Resulta muy irónico considerar que la historia es una guía para el futuro cuando literalmente es el estudio de sorpresas y cambios. Por eso resulta perjudicial confiar demasiado en datos del pasado como si fueran señales inalterables de condiciones futuras, especialmente en el ámbito económico. La base de la economía es precisamente el hecho de que las cosas cambian conforme pasa el tiempo, pues la mano invisible evita que todo esté demasiado bien o demasiado mal durante mucho tiempo. Por eso, tratar de predecir el comportamiento de una acción en el mercado solamente con base en el estudio de la historia resulta inútil.
  5. El síndrome de la evasión de riesgo: Tomar una decisión siempre conlleva un riesgo. Sin embargo, no hay que pensar en el riesgo económico solamente. El riesgo puede ser emocional y físico debido al esfuerzo que se exige para poder llevar a cabo el objetivo. En este sentido hay que considerar que cualquier beneficio económico tiene un precio más allá de la tarifa económica, que es más tangible. Aceptar esta realidad es crítica para poder medir qué tanto de nosotros se nos está pidiendo a cambio del éxito con el dinero.